Estudio sobre la colaboración entre “Google Libros” y la Universidad Complutense de Madrid

Hay que tener en cuenta este artículo de José Antonio Magán y Eugenio Tardón publicado en la Revista General de Información y Documentación:

Google y UCM

“Google Libros” y la digitalización masiva: La aportación de la Universidad Complutense de Madrid

Resumen: Estudio del proyecto de digitalización masiva Google Libros que ha permitido escanear más de 20 millones de libros en todo el mundo (el 80% proveniente de las bibliotecas participantes y el resto de más de 50.000 editoriales que participan en el programa) y al que se sumó la Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid en 2006 con 120.574 libros que pueden consultarse hoy en Google, plataformas propias de la Universidad, Europeana y Hathi Trust. Ello ha mejorado sensiblemente la difusión y preservación de este patrimonio bibliográfico’.

Brutal descenso de la contribución de Telefónica a la digitalización de fondos en la Biblioteca Nacional de España.

De 10 millones a medio millón de euros. Ese es el brutal descenso de la contribución de Telefónica a la digitalización de fondos en la Biblioteca Nacional de España. Bibliotecaria Sin Tijeras se teme que esa disminución -aparte de una casi paralización del proceso- suponga despidos en las empresas externas dedicadas a esa labor. Hay ciertas cosas que es mejor hacerlas con una segura financiación pública que con un incierto patrocinio privado.

La noticia es de El Confidencial :

BNE2

La Biblioteca Nacional se queda sin fondos para digitalizar

25 millones de páginas de 150.000 obras ha digitalizado la Biblioteca Nacional de España desde 2008 gracias al convenio de colaboración con Telefónica por el que la empresa invirtió 10 millones de euros. Un convenio que ahora se renueva por otros cuatro años, pero con una gran diferencia en el dinero invertido. Solo medio millón de euros aportará la compañía, que a partir de ahora se centrará más en la difusión del contenido ya digitalizado en vez de convertir nuevos documentos.

En la presentación de la ampliación de este acuerdo se han anunciado a bombo y platillo los importantes resultados obtenidos gracias a esta digitalización “que no hubiera sido posible sin Telefónica” como ha confesado la directora de la Biblioteca Nacional, Ana Santos Aramburo. Sin embargo, con el presupuesto que se destinará para los próximos cuatro años será difícil continuar el ritmo actual’.

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El escritor Juan Manuel de Prada piensa que la Biblioteca Nacional de España es el infierno.

¿Qué pensar sobre el artículo-queja que Juan Manuel de Prada publicó el pasado sábado 31 de agosto en ‘la tercera’ del ABC. La verdad es que a Bibliotecaria Sin Tijeras le parece un poco exagerado. Tampoco pasa nada por leer los libros digitalizados. Unos libros del siglo XIX que son importantes de conservar.Otra cosa es la calidad de la copia. Y otra bastante discutible es que el escritor pueda opinar sobre lo que hacen  o dejan de hacer los otros usuarios de la biblioteca.

Lo que sí tiene claro BST es que Prada debía de tener tiempo este verano para ir a primera hora de la mañana a la Biblioteca Nacional. Sino ya se hubiera quejado de algo realmente importante como es que en verano se ha cerrado la BNEmucho antes.

Este es el artículo del ABC [las negritas son nuestras]:

digiteca nacional

La Digiteca Nacional

ABC | Juan Manuel de Prada

Quienes, al igual que Borges, nos habíamos figurado el paraíso bajo la especie de una biblioteca, estamos de luto. Primeramente, la teología postconciliar demolió los paisajes de la vida futura, diciéndonos que el infierno no era un «lugar físico»; de donde se derivaba, inevitablemente, que el paraíso tampoco. Y un paraíso que ya no fuese concebible bajo la especie de una biblioteca, sino como un no-lugar (utopos), empezó a olernos a chamusquina utópica. Cuando ya parecía que toda esta pachanga teológica declinaba, la tecnología vino a rematar la faena: no es que el paraíso no pueda ya concebirse bajo la especie de una biblioteca, es que las bibliotecas han dejado de ser un lugar paradisíaco. De momento, parecen premoniciones del purgatorio; pero pronto serán verdaderas antesalas del infierno.

Si había un lugar en el mundo que ensanchaba las estrechas dimensiones de mi vida mortal, un lugar cuya existencia me llenaba a un tiempo de porvenir y de pasado, un lugar en el que me sentía respaldado en mi vocación literaria, confortado anímicamente en mi peregrinaje por este valle de lágrimas, ese lugar era sin duda la sala de lectura de la Biblioteca Nacional. Allí he preparado la escritura de mis novelas desde que estrené mis primeras armas literarias, haciendo acopio de lecturas, tomando notas y, a la vez —¡ah, la loca de la casa!—, urdiendo ya las peripecias tumultuosas de mis personajes. Con su alto techo rematado por una claraboya, sus mesas suavemente inclinadas, sus paredes forradas de anaqueles, en la sala de lectura de la Biblioteca Nacional me he sentido durante años tan protegido como un niño gestante en la placenta de su madre, o como un bienaventurado en el paraíso.

Este verano acudí de nuevo a la Biblioteca Nacional, para preparar la escritura de mi próxima novela, que recrea episodios del llamado Desastre, la pérdida de las últimas posesiones españolas en 1898; en consecuencia, muchos de los libros que deseaba leer fueron publicados al hilo de aquellos acontecimientos, en el gozne de los siglos XIX y XX. Los solicité a los atentos bibliotecarios del establecimiento, pero una y otra vez se excusaban de servírmelos, arguyendo que eran ejemplares deteriorados que no podían consultarse; y que, a cambio, la Biblioteca Nacional ponía a mi disposición una reproducción microfilmada o digital de los mismos, que podía incluso descargar desde mi propia casa. Confesaré que me quedé perplejo: entiendo que, entre las funciones encomendadas por ley a la Biblioteca Nacional, se halle «conservar los fondos bibliográficos» en beneficio de las generaciones futuras, prohibiendo incluso su consulta cuando tales fondos se hallen deteriorados; pero de algunos de los libros que yo solicitaba existían —según me informaba el catálogo informatizado del establecimiento— hasta tres y cuatro ejemplares. ¿De veras los cuatro ejemplares de una misma obra pueden estar deteriorados? Considerando que muchas de las obras que he leído en la Biblioteca Nacional jamás habían sido consultadas previamente (como probaban sus pliegos intonsos), parece en verdad altamente improbable. Pero, aceptando que el deterioro de un libro no depende tan sólo de un uso negligente, sino de los estragos que el tiempo ocasiona en el papel y en la encuadernación, ¿conviene que los cuatro ejemplares de una misma obra sin especial valor bibliográfico se retiren de la consulta, para su preservación? ¿No sería más racional dejar que al menos uno pueda consultarse, aunque su consulta le inflija algún deterioro? Porque, entre las funciones encomendadas por ley a la Biblioteca Nacional también se halla, junto a la conservación de sus fondos, fomentar la investigación, mediante la consulta de tales fondos. Si ambas funciones entran en conflicto y son varios los ejemplares disponibles de una misma obra, ¿no sería una decisión juiciosa permitir que al menos uno de dichos ejemplares permanezca accesible a la consulta?

Pues no, señor. La Biblioteca Nacional no me ha permitido este verano leer libros de los que disponía de hasta cuatro ejemplares, invitándome a hacerlo en «soporte alternativo», microfilmado o digitalizado. No entraremos aquí a discutir las ventajas e inconvenientes de la digitalización de libros: me parece, desde luego, un empeño benemérito de la Biblioteca Nacional, que de este modo asegura la supervivencia de sus fondos; pero, al mismo tiempo, como lector ducho, he de afirmar sin rebozo que la lectura en «soporte digital» se me antoja una birria comparada con la lectura de libros, del mismo modo que la alimentación con píldoras sintéticas se me antoja una birria comparada con la dieta mediterránea. A mi entender, una Biblioteca Nacional debe esforzarse muy denodadamente en que sus lectores puedan seguir disfrutando de la lectura en libros de papel, dejando la lectura «en soporte digital» para casos especialísimos; y en tales casos, por supuesto, debe asegurarse de que tal digitalización sea primorosa. La Biblioteca Nacional ha obrado a la inversa: ha convertido la consulta en «soporte digital» en norma general, para libros presuntamente deteriorados; y, al mismo tiempo, facilita una digitalización de los mismos bastante chapucera, según he podido comprobar descargando los libros que no se me permitió leer en su formato original. No debe extrañarnos, pues son libros impresos al modo tradicional, en el que los tipos entintados presionaban a conciencia el papel, dejando sobre él su huella, al modo casi de un bajorrelieve. Al digitalizar libros impresos de este modo, los caracteres quedan con frecuencia desvaídos y, según la profundidad con que fueran estampados sobre el papel, a veces pueden resultar incluso ilegibles.

Porfié hasta donde pude, tratando de que los bibliotecarios entendieran que yo iba a la Biblioteca Nacional a leer libros, no digitalizaciones de los mismos. Como me miraban como se mira a una estantigua o a un orate, con lástima y alipori, desistí, marchándome a mi pupitre, a leer los pocos libros que todavía no habían pasado por las horcas caudinas de la digitalización. En la mesa contigua, una señorita armada de un ordenador portátil se tiró cuatro horas de reloj gorroneando la conexión wifi de la sala de lectura, escribiendo chorradas en su muro de feisbu, contestando correos electrónicos, tuiteando, viendo videos en youtube, etcétera. Alcé la mirada y descubrí que al menos otros seis individuos estaban haciendo en mi derredor lo mismo. A estos andobas la Biblioteca Nacional les proporciona conexión gratis para que puedan zascandilear a mansalva y con el mayor de los desparpajos por el interné; a una estantigua como yo no le dejan leer libros en papel. Con permiso de los teólogos postconciliares, he empezado a figurarme el infierno bajo la especie de una biblioteca. ¿De una biblioteca, he dicho? Llamémosla, más propiamente, la Digiteca Nacional.

Juan Manuel de Prada, escritor.’

 

El Ministerio de Cultura niega el dinero a las bibliotecas de las universidades públicas pero si se lo da a las privadas.

Como todos, Bibliotecaria Sin Tijeras ya esta acostumbrada a los desmanes provocados por el Ministro Wert. Pero esta vez se ha superado. No hay dinero para la digitalización en las bibliotecas de las universidades públicas pero si para las privadas. Esta es la noticia de La Vanguardia (Vía Menéame):

Hacienda castiga a las universidades públicas por el incumplimiento autonómico del déficit

Cultura sí puede conceder ayudas a las bibliotecas de centros universitarios privados

Alicia Rodríguez de Paz

Pocos podrían imaginar que el incumplimiento en el déficit de las comunidades autónomas acabaría afectando a… las bibliotecas universitarias. La misma restrictiva regla aplicada por el Ministerio de Hacienda que ha trastocado, por ejemplo, los presupuestos del Macba también ha dejado fuera a las universidades públicas de las ayudas que, desde hace años, convoca Cultura para la digitalización del fondo bibliográfico. Paradójicamente varias universidades privadas no han sido excluidas.

Europeana

Vicent Climent, rector de la Universitat Jaume I de Castelló y presidente de la comisión sectorial de bibliotecas de la CRUE, explica que las universidades públicas llevan años presentando proyectos –en la convocatoria del 2012, que contaba con una dotación de casi 1,6 millones de euros, lo hicieron 20– para participar en el programa de gran biblioteca digital comunitaria Europeana. A finales de octubre pasado, seleccionaron a 16 universidades públicas y les pidieron que, como suele ser habitual, ajustaran la propuesta al dinero que iban a recibir. Hasta principios del 2013, Cultura no se puso en contacto con ellas para comunicarles que no iban a conceder la ayuda porque había un informe negativo de Hacienda . “Hay mucho malestar entre los rectores afectados –afirma Climent–. No entendemos lo que ha ocurrido. Es cierto que gran parte de nuestra financiación procede de las comunidades autónomas, pero nuestros presupuestos no los aprueba el parlamento autonómico. No somos responsable de este tipo de incumplimientos”.

Los rectores tampoco entienden por qué centros universitarios de titularidad privada sí han recibido finalmente la ayuda de la secretaría de Estado de Cultura, a pesar de estar radicadas en autonomías que tampoco habían cumplido con el déficit máximo establecido.

En el Ministerio de Hacienda señalan que se limitan a señalar que están aplicando la “política de austeridad” implantada por el Gobierno.

Preguntados por qué les ha llevado a conceder en cambio ayudas a universidades privadas, no ha habido respuesta por parte de la portavocía del departamento de Cristóbal Montoro.

Debido a la decisión de Hacienda, han quedado fuera de las ayudas para las que habían sido seleccionados bibliotecas de la Autònoma de Barcelona, Cantabria, Córdoba, Extremadura, Jaume I, Girona, Granada, La Laguna, Lleida, Oviedo, Politècnica de Catalunya, Murcia, Salamanca, Santiago, Valencia y Zaragoza.’

SINGULARIS digitaliza el fondo antiguo de las bibliotecas del Consorcio Madroño.

Vía Canal Biblog, el Blog de la Biblioteca y Archivo de la Universidad Autónoma de Madrid, conocemos de la existencia de Singularis:

Singularis accede al fondo antiguo de Madroño.

Singularis es el nombre con el que el Consorcio Madroño ha bautizado a su nuevo proyecto.

Se trata de un portal web con algunas de las joyas bibliográficas del Consorcio. Será posible consultar, descargar o imprimir alguno de los títulos más significativos que componen el fondo antiguo de la bibliotecas universitarias que componen el Consorcio Madroño.

El portal ofrecerá la posibilidad de navegar en las copias digitalizadas de mapas, planos, manuscritos, incunables y otro tipo de materiales. Además, el contenido del portal se irá enriqueciendo cada año con las aportaciones de sus bibliotecas.

Este proyecto nace con el objetivo de acercar las colecciones patrimoniales de las bibliotecas universitarias madrileñas y dotar de mayor visibilidad a las obras más interesantes’.