Los bibliotecarios que se vistan como les venga en gana, por Dios’.

No hay que dejar pasar el comentario que este pasado sábado dedicó Manuel Rodríguez Rivera a las bibliotecas desde el suplemento Babelia de El País:

‘SILLÓN DE OREJAS

Crónica de la nada (hecha a retazos)

Las bibliotecas se encuentran amenazadas en muchos lugares por la falta de apoyo

Manuel Rodríguez Rivero 8 Feb 2014   

Bibliotecas

Paso una tarde casi  paradisiaca repantigado en mi sillón de orejas y salivando de placer mientras hojeo The Library: A World History (Chicago University Press, 75 dólares), un bellísimo monumento a las bibliotecas a cargo del arquitecto (e historiador) James Campbell y del fotógrafo Will Pryce. Se trata, simplificando, de una historia ilustrada de la evolución arquitectónica y técnica de los repositorios de libros y de las sucesivas adaptaciones que fueron experimentando para adaptarse a los nuevos soportes y necesidades.

Campbell y Pryce se han fijado especialmente en el contexto bibliotecario anglófono, pero en cualquier caso su libro es una auténtica fiesta para los amantes de esas instituciones que hoy se encuentran amenazadas en muchos lugares por la falta de apoyo, la ignorancia del poder y otras enfermedades culturales contemporáneas: de ahí que los autores exploten la veta nostálgica, como de cosa en peligro de desaparecer. Y no es extraño: el libro me llega mientras continúa en Reino Unido la movilización de los bibliotecarios, que utilizan antiguos carteles (búsquese en Google “library poster flickr”) para protestar contra la precarización de sus centros y la peregrina idea, cada vez más extendida entre los conservadores, de que son los propios ciudadanos los que deberían asegurar los servicios públicos.

Posters

Y también me entero de la inauguración (con bombo y platillo mediático) de la Bexar County Digital Library en San Antonio (Texas), una pequeña biblioteca tan diáfana como una tienda Apple que presume de no albergar ni un solo libro de papel y cuyos bibliotecarios parecen haber adoptado el mismo relajado código de vestimenta que los empleados de Steve Jobs, esa especie de uniformado antiuniforme que tiene tanto predicamento entre los empleados de las empresas tecnológicas. No sé: quizás sea un poco antiguo, pero a mí, como a Martin Eden, todavía me gustan las bibliotecas con libros reales (aunque no solo) y, sobre todo, profesionales reales, aunque reconozco que una de mis bibliotecarias favoritas sigue siendo Batgirl, la estupenda superheroína del cómic homónimo que trabaja durante el día como encargada de la biblioteca de Gotham City.

 

Y me sigue pareciendo que los auténticos bibliotecarios son imprescindibles y utilísimos. Nada que ver los de ahora con aquellos viejos estereotipos que los convertían en seres alejados del mundo y de la realidad: ellos a menudo afeminados y tímidos —cuando no perversos asesinos—; ellas puritanas, solteronas o vírgenes avinagradas y siempre dispuestas a la censura, como esa inefable Irma Pince tan celosa de los libros que se guardan en la biblioteca de Hogwarts y que en la saga de Harry Potter —que tanto se ha leído, por cierto, en bibliotecas públicas— es comparada con un “buitre desnutrido”. A todos esos bibliotecarios les debemos siempre nuestro homenaje. Y que se vistan como les venga en gana, por Dios’.

 

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